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La farmacéutica

La farmacéutica

Sofía era la farmacéutica del pueblo. Todos los días se levantaba temprano, se duchaba, desayunaba e iba a trabajar. Vivía en un pueblo pequeño entre las montañas a unos cincuenta kilómetros de la ciudad, así que todas las mañanas iba en autobús al centro, donde tenía su pequeña farmacia.

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En la farmacia pasaba las horas. Llevaba haciendo este trabajo prácticamente toda su vida y, por eso, gracias a su experiencia era una persona bastante intuitiva y podía reconocer a distancia el tipo de persona que entraba por la puerta y si esta venía por un dolor de garganta, catarro, gripe o cualquier otro tipo de enfermedad típica.

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Pero su verdadera pasión era leer libros. Le encantaba leer, lo pasaba pipa leyendo novelas policiacas, de detectives o crímenes. Por eso, cuando estaba en la farmacia no podía evitar imaginarse las vidas de los que entraban en su tienda y cómo estas derivaban en historias con crímenes sin resolver. Entonces, ella se convertía en su imaginación en la Colombo de la historia que resolvería el enigma.

La farmacéutica

Un día, un hombre con la nariz bastante colorada entró al local. Era un hombre algo peculiar, distinto. Era bajito, con el pelo rizado y oscuro, llevaba bigote y por el gesto de su cara no parecía contento. Llevaba una chaqueta larga, unas gafas y una gorra.

La farmacéutica lo tenía clarísimo: resfriado, seguro que le dolía la garganta porque por las noches había dormido con la boca abierta, sin poder respirar por la nariz. Le recetaría un jarabe y caramelos. Todo eso lo vio claro, lo que no vio en su nariz roja ni en sus ojos llorosos es que se acercaba una nueva historia de detectives, esta vez real, donde ella ya no sería Colombo sino la víctima de un resfriado criminal.

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